Inmigrantes.

Quizá algún día tengamos en este país una contabilidad generacional que permita medir el impacto cuantitativo de la inmigración a largo plazo. Por ahora, no. Y uno de los efectos que los nativos temen más es el que puede producirse sobre las cuentas públicas. Es decir, ¿cómo afectará la inmigración al estado de bienestar? Dicho de otro modo, ¿no se van a ver incrementados los gastos en pensiones, educación y sanidad hasta el límite de la sostenibilidad?

Con el paso de los años la población inmigrante comenzará a recibir pensiones, pero ahora son generalmente jóvenes, con un número importante de hijos, lo que repercute en un mayor gasto en ayudas familiares, educación y salud. Si somos optimistas, en el medio plazo podrán ir equiparando la fertilidad al integrarse más. Pero nada nos lo garantiza.
En otro orden de cosas, el inmigrante legal también se ve golpeado por el desempleo, lo que se traduce en mayores gastos de subsidio a los parados. Pero en el otro lado de la balanza se sitúan los mayores ingresos por la imposición sobre las rentas del trabajo, las cotizaciones a la Seguridad Social y los impuestos al consumo. Los inmigrantes aumentan la población activa, al ser menos viejos que la población nacional, aunque por razones culturales una fracción de los que llegan tienen una tasa de actividad femenina menor. Y lo que es relevante, en definitiva, es que su tasa de empleabilidad es elevada.
Sin embargo, en general los inmigrantes tienen una menor formación, lo que influye negativamente en su productividad. Habrá que esperar años para que esa productividad converja con la de los nativos.
Según el valor que se dé a diferentes hipótesis, las consecuencias de la inmigración son relevantes para nuestro estado del bienestar en un sentido o en otro. Los estudios más serios al respecto, con sus limitaciones, permiten afirmar que el efecto neto de una inmigración ordenada es siempre positivo en el país de llegada. Ello no obsta para que algunos grupos de nacionales se vean afectados negativamente en sus rentas.
De todas formas, la economía crece y absorbe inmigrantes sin reducir el empleo de los trabajadores españoles, si bien permanecen algunas incertidumbres en el largo plazo.

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